Fernando Alonso es el riesgo controlado y preciso. Lewis Hamilton, la temeridad inestable, tan pronto espectacular como esperpéntica. Ayer triunfaron la serenidad, la constancia y la firmeza del primero. Haciendo suyas virtudes fundamentales de la cultura oriental, el piloto español rubricó en Japón la segunda victoria de la temporada. Ganó hace quince días en Singapur y encadena así dos inesperadas alegrías en el periplo asiático que concluye el domingo en China. El asturiano despachó una carrera perfecta, confirmó la espectacular progresión de Renault y, sobre todo, el talento superior del mejor piloto de la parrilla.
Alonso tiene el corazón caliente y la cabeza fría. Hamilton bombea sangre a excesivas revoluciones y su joven cerebro funciona como un intermitente defectuoso, se enciende y se apaga cuando menos lo esperas.
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