Ago 06
No hace mucho tiempo, un periodista de Nueva York descubrió a una enana que habÃa hecho de una cabina telefónica su morada. Sus comodidades consistÃan en una estufa marca Sterno, una silla plegable de playa, unas latas de frijoles y un ejemplar del Reader’s Digest. “Lo considero un regalo caÃdo del cielo -comentó la mujer-. ImagÃnese, no sólo tengo un lugar donde vivir sino algo todavÃa más difÃcil de conseguir: un teléfono propio”.
Un estilo de vida propiciado por el precio de la vivienda. Ocurrió en Estados Unidos en el año 1946 tal como nos contaba Groucho Marx, pero se puede trasladar a la España de hoy.
Enlace: No quedan asientos (I) (La Insignia)
